Cuando Florentino dejó la presidencia hace cinco años, no hubo nadie mejor que ocupara su cargo hasta que volvió. Los fichajes de Cristiano, Kaká, Benzema, Alonso... ilusionaron a una afición que veía como el Barça ganaba un triplete histórico (que terminaría siendo sextete o como se quiera definir). Con la llegada de Mou, se consiguió que alguien atizara al club culé de vez en cuando. Algunas quejas tenía fundamento, otras no. En este mundo la gente gana notoriedad como mejor le conviene y el portugués tenía claro que empezaba a mandar detrás de los micrófonos.
Pero dejando Mourinho a un lado, ningún madridista puede ver con buenos ojos que se defienda totalmente al míster tanto en la gestión deportiva como en las formas e imagen que ha dado. Vale que lleve bien la plantilla: unida, ilusionada, sacrificada y motivada. Vale que, en algunas ocasiones, diga o denuncie algo que lleve razón. Pero meter un dedo en el ojo, su crítica constante a los árbitros y sus perlas en forma de frases con dardo envenenado en las ruedas de prensa no son, en ningún momento, justificables.
Se puede defender y dar carta libre al entrenador/manager en su planificación deportiva pero recriminar lo que no está bien. Que no todo tiene que ser el tópico de estar con él o contra él. Y habrá que indicarle unas normas y pautas de comportamiento de cara al público como en muchos trabajos. Hay que tener claro que la grandeza del club blanco está por encima del portugués y, también, de Florentino. Pasarán miles de entrenadores y presidentes, pero el Madrid siempre estará ahí.
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